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Todavía me acuerdo de aquel verano y la ilusión que me hacía salir cada día a las 5 de la tarde a toda prisa del colegio, para poder parar en la papelería de enfrente con mis amigos y mis «20 duros», y salir de ahí con un burmarflax de cola en la mano, abierto a mordiscos y casi derretido acompañándolo por un paquete de chicles Boomer relleno de fresa en el bolsillo de mis vaqueros del “Continente” o del “Pryca” con parches rojos en las rodillas.

Esa emoción no era causada por que ya había acabado la jornada en el «cole» por ese día, o por el azúcar que ingería en menos de 10 minutos, sino porque tenía ganas de llegar a casa para poder tirar mi mochila de «Los Caballeros del Zodíaco» y el balón de goma azul “Supertele” al suelo, olvidarme de hacer las tareas de «Sociales«, pasar por delante de mi NES con la tapa delantera medio abierta y dejándose asomar mi cartucho de «Star Wars» que me habían traído los Reyes ese año e ir en busca de mi hermano mayor a su cuarto para que me ayudase a encender y ejecutar los juegos en MS-DOS de nuestra más reciente adquisición, nuestro primer PC.